La Artesanía ya ha muerto

El otro día subí un vídeo utilizando una impresora 3D y hubo un comentario interesante: «¿Pero cómo publicitas el 3D para cerámica? Es el fin de la artesanía...». Siento ser yo el que lo diga, pero la artesanía ya ha muerto. Y no siento decirlo por la incomodidad de hacer de pájaro de mal agüero, sino porque entiendo que decir algo así le compete al consejo de artesanos que se reúne cada solsticio y equinoccio vestido con túnicas color púrpura.

Pero antes de tirar el comentario a la basura, vale la pena reflexionarlo un segundo. Cuando alguien dice «es el fin de la artesanía» por una impresora 3D, probablemente no esté hablando de repetición ni de escala, sino de otra cosa: de que el diseño y la ejecución se separan. En un torno, aunque hagas mil tazas iguales, sigues tomando decisiones con la mano en cada una, hay variación involuntaria, hay un cuerpo presente en cada pieza. Una impresora 3D desplaza esa decisión al momento del diseño del archivo, y la ejecución pasa a ser otra cosa. Es una objeción razonable y distinta de la objeción sobre producir en serie, así que merece su propia respuesta y no la de «un ceramista utiliza moldes para hacer piezas iguales».

Dicho esto, ahí es exactamente donde la palabra «artesanía» empieza a hacer aguas: pretende cubrir con una sola etiqueta procesos, herramientas, escalas y formas de trabajar completamente distintas. Sirve para describir al alfarero que extrae su propio barro, al ceramista que usa moldes, al que usa una impresora 3D (a este todavía no pero demos 5 años), al que produce mil piezas y al que produce diez mil. Cuando una palabra tiene que estirarse tanto para abarcar realidades tan distintas, deja de servir para distinguir nada. Y ahí está el verdadero problema: no es que la tecnología esté acabando con la artesanía, es que la definición que teníamos de ella ya no aguanta el peso de todo lo que le pedimos que explique.

Esto se ve mejor si se separan las preguntas en vez de mezclarlas, porque normalmente se cuelan varias preguntas a la vez en la misma frase: quién diseña la pieza, quién la ejecuta y con qué herramienta se ejecuta. Por ejemplo: ¿una pieza «hecha a mano» de Zara Home pintada en un taller de Galicia es menos artesanía que la que hace alguien en un taller de 80 metros cuadrados? Ahí en realidad hay tres preguntas distintas metidas en una: la de la escala de producción, la de quién vende y bajo qué marca y la de si el proceso de ejecución cuenta como artesanía completa o solo parcial. Si las separamos: ¿es el canal de venta el que decide? ¿Un cuenco deja de ser artesanía en el momento en que entra en un almacén grande, aunque el proceso de hacerla no haya cambiado en absoluto? ¿O es la fabricación en cadena lo que la descalifica, y entonces por qué no descalifica también al alfarero que hace mil jarrones en su torno? Y luego está la pregunta de la ejecución parcial, que es la más incómoda de todas: alguien que compra una pieza en bizcocho y después la esmalta y la decora, ¿es medio artesano? ¿tres cuartos? ¿Quién decide el porcentaje y con qué autoridad?

Creo que se llevan años intentando trazar una línea que cada vez es más difícil de dibujar, y probablemente la dificultad no está en encontrar el punto exacto donde cae la línea, sino en que estamos buscando un punto en una escala que en realidad tiene varios ejes a la vez. Así que quizá el verdadero debate nunca fue la impresora 3D. Quizá lo que ha muerto no es la artesanía como práctica, sino la pretensión de que una sola palabra pueda seguir ordenando todo eso sin perder sentido.

Y ahí es donde creo que aparece la consecuencia práctica de todo esto. El problema no es solo cómo se autopercibe el artesano. El problema es qué entiende quien está al otro lado. Si una palabra ya no distingue entre procesos, escalas, herramientas y formas de crear, tampoco ayuda a quien quiere comprar con criterio. Una palabra que necesita una explicación distinta en cada conversación deja de cumplir la función que tenía.

Quizá por eso la discusión sobre la impresora 3D resulta tan interesante. No porque amenace a la artesanía, sino porque obliga a reconocer algo que ya estaba ocurriendo: la palabra llevaba años perdiendo precisión. Lo que ha muerto no es la artesanía como forma de hacer las cosas. Lo que está muriendo es la comodidad de pensar que una única palabra puede describir realidades completamente distintas.

Por supuesto, para quien entienda esto, no es una mala noticia. Cuando desaparecen las etiquetas vagas, aparece la posibilidad de explicar con precisión por qué lo que haces tiene valor (que no son los materiales, ni el tiempo, ni que está hecho con las manos). Ya no basta con decir «es artesanía». Y, paradójicamente, eso permite lograr algo mucho mejor.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *